
La Niña que Guardaba Estrellas
Hace no mucho tiempo, en un pequeño pueblo donde las noches eran muy oscuras, vivía una niña llamada Luna.
A Luna le encantaba mirar el cielo antes de dormir. Mientras otros niños contaban ovejas, ella contaba estrellas.
Cada noche abría la ventana de su habitación, se apoyaba en el alféizar y levantaba la mirada hacia el cielo brillante.
Le gustaba imaginar que cada estrella era una pequeña viajera que cruzaba el universo.
Luna estaba convencida de algo muy importante: las estrellas no se caían del cielo… simplemente, a veces se perdían.
Y alguien tenía que encontrarlas.
Una noche, justo cuando Luna iba a cerrar la ventana para irse a dormir, vio algo extraño.
Una pequeña luz cruzó el cielo haciendo:
fiiiiiuuu…
La luz descendió rápidamente y cayó justo al lado de su cama… dentro de su zapato.
Luna se acercó despacio, muy despacio, y miró dentro. Allí estaba: una diminuta estrella brillante.
La cogió con muchísimo cuidado entre sus dedos. Y entonces descubrió algo curioso. Las estrellas hacen cosquillas.
Luna soltó una pequeña risa mientras la sostenía con cuidado. Aquella estrella parecía suave, cálida y llena de luz.
Desde aquella noche, Luna empezó a buscar estrellas perdidas.
Cada tarde salía a explorar. A veces encontraba una debajo de un banco del parque. Otras veces entre las hojas del jardín. Una vez incluso encontró una dentro de una mochila olvidada en el patio del colegio.
Cada estrella que encontraba la guardaba con mucho cuidado en un tarro de cristal.
Primero tuvo dos estrellas.
Luego cinco.
Después diez.
Y pronto tuvo muchísimas.
Su habitación empezó a brillar suavemente cada noche, como si siempre fuera de noche… pero de una noche bonita y tranquila, llena de pequeños destellos.
Luna estaba muy orgullosa de su colección secreta.
Pero una noche ocurrió algo extraño. Cuando Luna miró al cielo, se quedó muy quieta.
Algo no estaba bien. El cielo parecía diferente. Más oscuro.
Entonces se dio cuenta de lo que pasaba.
Faltaban estrellas.
Muchas estrellas.
Demasiadas.
Por primera vez, Luna sintió una pequeña duda en su corazón.
¿Y si… las estrellas no querían estar en mis tarros? —pensó en voz baja.
Justo en ese momento, algo golpeó suavemente su ventana.
Toc, toc, toc.
Luna se acercó y la abrió. En el alféizar estaba posado un pequeño búho de ojos enormes.
El búho la miró con calma y dijo:
—Luna… el cielo te necesita.
La niña abrió mucho los ojos.
—¿Cómo que el cielo me necesita?
El búho movió lentamente sus alas.
—Las estrellas no estaban perdidas —explicó—. Solo estaban esperando volver a casa.
Luna miró sus tarros brillantes.
La habitación estaba llena de pequeñas luces que titilaban suavemente.
A Luna le gustaban muchísimo sus estrellas. Muchísimo.
Pero entonces levantó la vista hacia el cielo oscuro. Respiró hondo. Y tomó una decisión.
Abrió la ventana.
Cogió el primer tarro. Y dejó salir una estrella.
La estrella salió del tarro haciendo:
¡plink!
Y comenzó a subir suavemente hacia el cielo.
Luego Luna liberó otra. Y otra. Y otra más..
Cada estrella subía lentamente, como si recordara el camino de vuelta a casa.
Primero subieron pocas. Después muchas.
Y pronto un montón de estrellas volvieron a llenar el cielo.
Poco a poco, la oscuridad desapareció.
El cielo volvió a brillar como siempre.
El pequeño búho sonrió. Luna también.
Antes de irse a dormir, la niña miró una vez más el cielo lleno de estrellas.
Y susurró suavemente:
—Buenas noches, viajeras.
Desde aquella noche, cada vez que una estrella cae del cielo, sabe exactamente quién puede ayudarla a volver a casa.
Y así, mientras todos duermen… Luna sigue mirando el cielo.
Por si alguna estrella vuelve a perderse.
¡COLORIN, COLORADO, ESTE CUENTO SE HA ACABADO!